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¿PORQUÉ VISITAR UNA FERIA DE DESEMBALAJE DE ANTIGÜEDADES?

22 ago 2017
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Seguro que más de algún@ de nosotr@s ha visitado en alguna ocasión uno de estos escenarios donde se exponen a la venta diversos objetos con la etiqueta de “antigüedades”. Los llaman de diferentes formas: ferias de desembalaje, feria de la almoneda, exposición de antigüedades, y en ocasiones de manera más coloquial y quizás algo vulgar, “mercadillos”.

Aprovechando el descanso estival me encamine hacia uno de estos recintos, y no con el afán concreto de adquirir algún objeto vetusto; sino más bien movido por la nostalgia que nos invade cuando al pasear por los diferentes expositores acertamos a identificar un objeto que por añejo nos hace retroceder en el tiempo y rememorar años pasados. Dicho sea de paso, de las pocos elementos que alertan mi interés en estos rincones, suelen estar los libros “antiguos”, preferentemente relacionados con las ciencias sin rechazar ni botánica, farmacopea, matemáticas, ni física, y por supuesto cualquier tratado médico. Me fascina descubrir como con la escasez de la tecnología actual en medios diagnósticos y terapéuticos, aquellos galenos de hace menos de un siglo, se las ingeniaban para diagnosticar y prescribir preparados o ungüentos con fines sanadores. “Somos grandes porque estamos subidos a lomos de los gigantes” para recordar la importancia de la historia en nuestro quehacer cotidiano.

Pero, retomemos el hilo conductor que nos ha traído hasta aquí. Si uno se deja llevar por cierta desidia observadora entre los múltiples expositores donde se apilan (en ocasiones sin un orden definido) un centenar de objetos que oscilan desde: vajillas antiguas, motivos religiosos, juguetes rescatados, herramientas en desuso, utillaje militar y naval…; puede quedar atrapado en el tiempo y en la desdibujada contradicción del bienestar por recordar estos elementos de nuestra infancia y descubrir el inexorable transcurso del tiempo en nosotros mismos. Si prestamos atención de manera detallada a estos objetos, podemos incluso revivir su época de esplendor cuando eran útiles sin caer en la sutil tentación de pensar que en la actualidad volverían a lucir con la misma energía salvo para recordar a nuestra descendencia como eran las cosas hace unos “pocos” años.

Una de las primeras preguntas que irrumpe en nuestra mente es la de la procedencia de los objetos allí presentes. ¿Serán patrimonio familiar hallado en un trastero o trastienda? ¿procederán de algún coleccionista atrapado en su obsesión por mantener viva el “alma” de estos elementos? ¿Habrán sido sustraídos de manera poco decorosa del altar de algún templo de culto religioso?. Realmente, poco importa como han viajado en la cápsula del tiempo hasta aquí, salvo si uno decide entra a negociar un precio por ellos o se enmarca en el concepto de coleccionista o marchante, nada que ver con mi disposición actual. Lo que si creo que merece la atención para los visitantes clandestinos en este viaje inmóvil al pasado reciente (entre los que me incluyo), es registrar las sensaciones que se reproducen y que pretendo compartir siempre que les apetezca esta travesía emocional.

Sería pretencioso por mi parte enumerar todos los artículos allí expuestos y su correspondiente impacto emocional, por lo que me acotaré a unos pocos que deseo sean comunes. En el apartado que vamos a denominar sección “vajillas”, asaltó mi interés la presencia de esos pequeños vasos de cristal asimétricos, recordando su origen artesanal y manual (no había dos iguales), que presentaban una línea roja como marca del nivel hasta donde se puede o debe escanciar el correspondiente licor allí destinado. Me trasladan a un periodo donde las tertulias entorno a una radio debatiendo sobre la conveniencia o no de la república, eran la norma a falta de otros medios de entretenimiento masivo. Acierto a imaginar a mi abuela rellenando cuidadosamente estos vasitos con el “licor de fuego” del momento (aguardiente, orujo,..) que por precaución moral, y compleja situación económica, no podía sobrepasar la delgada línea roja. Supongo sería una forma de prolongar el tiempo del debate, garantizar unas formas sociales y dosificar ese alcohol para posteriores ocasiones. Llegado a este punto del recorrido, uno acierta a descubrir una colección de cucharas y tenedores de plata con el nombre del propietario grabado en la empuñadura, representando un presente común en las celebraciones de la comunión en los niños de la época. En nuestra época, el regalo podía y solía ser un reloj. Reloj que servía para recordarnos nuestra próxima llegada a una etapa de la vida donde el control horario para volver a casa y otros quehaceres, pretendía acabar con la absoluta libertad y atemporalidad de la infancia. Hoy en día, estos presentes serían motivo de hilaridad en nuestros descendientes que prefieren artefactos tecnológicos altamente sofisticados: teléfonos móviles (ya no es necesario el reloj) o juegos como la PlayStation.

Uno se sentía especial con su reloj en la muñeca, incluso algo superior, más maduro. Sabía que hora era en todo momento, lo que no imaginaba era como este artefacto pasaba a convertirnos en esclavos del tiempo. Relojes puestos de moda por los pilotos en la segunda guerra mundial con el objeto de sincronizar sus acciones y calcular el tiempo y disponibilidad de combustible. Control del tiempo que en la revolución industrial era necesario para imponer a todos los trabajadores un horario común. ¿Quién se lo podía imaginar así?. Hoy se ven pocos relojes en las muñecas de las personas que nos rodean, salvo por sentimentalismo, buen gusto clásico, necesidad, etiqueta…. debido a que los nuevos dispositivos tecnológicos multitarea (GPS, pulsiosímetro, navegador,..) los van sustituyendo, y por ello también finalizan sus días en estas ferias del olvido.

Retomando la senda de este paseo en el tiempo, me voy a detener en la sección herramientas antiguas, herramientas usadas, o tal vez inútiles. Éste amplio término engloba desde: desgranadoras de mazorcas de maíz, martillos, sierras, gubias y cepillos hasta escoplos y escofinas. Mi conocimiento en este terreno se lo debo al oficio paterno de carpintero. Y no puedo dejar de referirme a un instrumento, hoy supongo que obsoleto ante los magníficos taladros que uno puede adquirir en Leroy Merlin, llamado berbiquí. Seguro que ahora mismo están tratando de recordarlo. El mismo nombre de origen francés, resulta divertido de pronunciar. ¿Pregúntele a uno de sus hij@s si sabe lo que es?. Se puede sorprender con las respuestas: un helado, un pastel italiano, una prenda árabe,.... Se parece a esas manivelas para desplegar los toldos manuales, o las que se necesitaban para iniciar el motor de arranque de algún vehículo también antiguo. El berbiquí con su manubrio giratorio de doble codo permitía taladrar la madera y otras superficies. Resultaba interesante ver la fuerza que se precisaba para accionar este antepasado del taladro y las divertidas virutas en tirabuzón que generaban (similar a sacar punta a un lápiz).

En estos desembalajes siempre hay una sección con cámaras fotográficas antiguas, de esas que necesitaban colocar un flash con pilas para las fotos con poca luz, de las que si enmarcabas mal la foto o anteponías el dedo en el objetivo hacían naufragar el costoso revelado en papel. Esta sección es la que más sorpresa genera si hace la visita acompañada de niños. No aciertan a imaginar que no pudieras ver los retratos hasta completar el revelado en papel. Tampoco el número de fotografías reveladas en papel que acababan en reciclaje y sobre todo la idea necesaria de un autocontrol en la gestión de las mismas. Sólo se podían hacer 12 o 24 daguerrotipos y había que seleccionar bien los momentos, la luz, el encuadre para no malgastarlas. Ahora, con el teléfono móvil y con las Google-glasses se pueden hacer sin límite y se pueden borrar, retocar… haciendo que aquellas tiendas de revelado se hallan reinventado/reciclado en la actualidad. Del mismo modo, se pueden imaginar la cara de asombro cuando ven una ”máquina de escribir”, casi todas Olivetti. Imaginad la de folios retorcidos por los errores ortográficos de aquellas interminables horas maltratando las teclas, la cinta de doble color (rojo/negro), y finalmente la magia del typex, que a buen seguro permitió salvar algunos árboles.

Este recorrido nostálgico, se detiene ahora en la sección de juguetes. Desde aquellos caballitos-mecedora de madera, toda suerte de espadas de piratas, hasta el triciclo no deja de ser una inmersión en la infancia, nuestra infancia. Claro que considerar antiguo un Clip de Famóvil, un Madelman (más escuálido de postguerra) o un Geyperman (más vigoréxico de hoy en día) me parece una ofensa dado que en esa época vivíamos toda suerte de aventuras con estos muñecos poli-articulados con múltiples indumentarias. Me detengo un instante, en el triciclo. No sólo por la escena de la película el resplandor donde S. Kubric nos intimida con aquellas miradas infantiles a lomos de uno de ellos; sino por el concepto de seguridad de este predecesor de la bicicleta que abarrotaba los parques públicos de la época. Tres ruedas, una delante y dos atrás. Difícil caerse. De manera que el tránsito a la bicicleta se tenía que hacer con dos rueditas accesorias traseras. Algo que nos impregnaba de vergüenza sufrir, especialmente si ya teníamos el reloj de pulsera de la comunión. ¿Dónde están los triciclos hoy en día?. A excepción de esas motocicletas que han invertido la disposición (dos ruedas delante y una detrás), creo que han desaparecido. Ahora nuestros hijos, juegan en realidad virtual, y si montan en bicicleta, o lo hacen directamente o por un predecesor de dos ruedas (eso sí, muy anchas). Sin ánimo de extender un velo de melancolía, quién no recuerda jugar con canicas. Sí, esas bolas de cristal pequeñas con múltiples colorines en su interior con las que competíamos. ¿Se imaginan a nuestros hijos en el parque, rodilla en tierra, con el circuito pintado con tizas, compitiendo con las canicas?. No estoy seguro de si sabrían que hacer con ellas, o tal vez sí. Habrá que intentarlo.

En fin, para no aburrirles en este nostálgico paseo por las ferias de las almonedas voy a terminar con un objeto que también ha evolucionado de manera sorprendente en un corto periodo de tiempo y que también ha evocado emociones en mí: el teléfono. Me refiero a esos teléfonos antiguos (negros o crema) con su dial giratorio transparente y sus auriculares. El ritual de marcado del número telefónico, era sin duda lo más apasionante, salvo si la llamada pretendía ser urgente o uno quería hacerla a escondidas. A escondidas me refiero a cuando uno llamaba a la hora convenida y a ser posible sin la presencia maternal, a su amig@ íntimo. Al margen del ritual, otra de las incomodidades era que estaban fijos en la pared y obligaban a mantenerse a la distancia dictada por la longitud del cable de conexión. Situación ésta que acababa con el/la interlocutor@ sentad@ en el suelo detrás de la puerta, tratando de hablar en voz baja para que no descubrieran el guión de nuestra conversación. Ubicación siempre sujeta a recibir el impacto de la propia puerta cuando se requería su uso por algún otro miembro de la familia. Por no hablar de la necesidad de coger turno si era tu hermana la que llamaba a su novio.

Supongo que se pueden evocar un centenar de elementos más, pero creo que por hoy es suficiente. Lo mismo que en otro momento me declaré militante del arte y disidente de la política; hoy ratifico mi condición de nostálgico con esta singladura compartida como visitantes clandestinos del viaje inmóvil hacia el pasado más cercano. Y ya saben¡ Déjense atrapar por esas emociones ante estos objetos de otros tiempos¡ Agradezco su infinita y desmesurada paciencia.


JG Pereira
Urología Clínica Bilbao SL
Clínica IMQ Zorrotzaurre

Urologia Clínica Bilbao

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